El blog sobre la pirotecnia del que hablan las redes

Llegó el mes de Julio y en Nogoyá es casi imposible no relacionar este mes a las clásicas bombas de estruendo que anunciaban diariamente el inicio de la novena patronal. La Ordenanza Municipal 1135, generó polémica previa a su aprobación y ahora aprobada, continúa generando un ida y vueltas de opiniones.

Alejandro Enrique, quien se define como escritor por obstinación, realizó una particular visión de la problemática:

«A FAVOR DE LOS CUETES» 

Lo mejor que podrìa hacer el intendente es prohibir los Bocaditos Cabsha. Debido a que la obesidad y la diabetes son problemas que afectan a la población general. Y no es justo que los flacos y saludables se les dé por andar disfrutando de los placeres en formato chocolate y dulce de leche mientras una gran mayoría de los adalides del sobrepeso se tiene que privar de estos manjares. Y ya que estamos, las tortas negras, las tortas fritas y asadas, las galletas con grasa, y el fernet con Coca. Simplemente porque hay que legislar y hacer políticas de estado destinadas al bienestar general, aunque sean completamente descabelladas y atenten contra las tradiciones y las raíces culturales de una ciudad.

Reconozco que uno a veces se desconecta del ruido mediático porque el devenir de la vida te lleva por otros caminos, sin embargo, la decisión del ejecutivo municipal de prohibir el uso de pirotecnia sonora motivó que este cronista del ciberespacio salga de sus cuarteles de invierno con el único objetivo de sacudir un poco el avispero.

Según puede verse en la Ordenanza Nº 1135, aprobada en Agosto del año pasado, en toda la ciudad de Nogoyá no se permitirá la “comercialización, distribución y uso público o privado de artículos de pirotecnia sonora, que exceda los 65 decibeles”. Hasta ahí lo que establece el artículo primero. Luego siguen una serie de artículos donde explica los alcances, la excepciones a la norma y faculta el Ejecutivo (Art. 10) en casos especiales, permitir el uso de artefactos que superen la cantidad de decibeles permitidos.

Existen algunos problemas respecto de la ordenanza y la actual prohibición de uso de bombas de estruendo para los festejos patronales promovida por el ejecutivo local: uno técnico, uno cultural y otro de aplicación.

El aspecto técnico
El primer inconveniente que se presenta a la hora de evaluar la ordenanza tiene que ver con el siguiente: los argumentos presentados en los considerandos son, cuanto menos, sesgados.

A) Presenta entre los fundamentos los datos (desactualizados) sobre la cantidad de personas con discapacidad en la ciudad, llegando al 2,25% de la población*. En primer lugar, no especifica si la totalidad de esas persona con discapacidad se ven afectadas por los ruidos ocasionados por las bombas de estruendo y en segundo lugar, suponiendo que de ese 2,25% la totalidad presente inconvenientes, no resulta un porcentaje significativo a nivel estadístico. 
Es un planteo egoísta y un tanto insensible pensará el lector. Probablemente sí, pero acá no estamos hablando de suspender pensiones, sacar beneficios o atentar contra el ejercicio de derechos civiles o libertades individuales, sino de legislar para la excepción y no para regla en función de no herir determinadas susceptibilidades.

Siguiendo con el razonamiento de la ordenanza, los festejos patronales (caso especial si los hay), abarcan 10 días sobre un total de 365, o sea entre el 0,27% y el 2,7% de los días que tiene un año. Si nos centramos en la comparación de datos puros, sería igual de excepcional los días con pirotecnia en relación al año que la cantidad de personas con alguna discapacidad en comparación con el total de la población. Teniendo en cuenta que los días patronales, sumados a Navidad y Año Nuevo caen siempre en los mismos días; la posibilidad de tomar acciones que tiendan a disminuir esos efectos negativos se constituye en una opción real. Bien podría caber en este caso la regla de la excepción. 
También en este mismo sentido, y teniendo en cuenta que, si bien la mayoría de la ciudadanía profesa la fe católica, hay una minoría (bastante mayor al 2,25%) que profesa otra religión o es directamente agnóstica o atea; por lo tanto, si esa minoría plantea la anulación de los festejos patronales por sentirse ofendidos en sus creencias, y dado el razonamiento con el que está elaborada la ordenanza, bien se podría considerar como válido el planteo. 

B) En un segundo ítem se presentan los posibles daños ocasionados por el uso de la pirotecnia, haciendo referencia a los “daños transitorios o permanentes en las personas afectadas incluyen daño auditivo severo o permanente, quemaduras de importancia y heridas graves, pérdidas de falanges, glóbulos oculares y otros órganos, palpitaciones, temblores, taquicardia, jadeo, sensación de insuficiencia respiratoria, náuseas, aturdimiento, sensación de irrealidad, pérdida del control, pánico y en síndromes neurológicos incluyen lesiones auto infringidas por ataques en respuesta a las explosiones”. Como se ve en ese considerando, se mezclan berenjenas con baterías de litio. Partimos de la base de la edad. No se puede vender pirotecnia a menores de 16 años de edad. Cuando una persona, que se supone responsable de sí mismo, manipula un objeto pirotécnico, uno da por sentado es consciente que es un artefacto explosivo y no un caramelo Sugus de ananá. Porque si un ser humano decide meterse un petardo en la boca o hacerse un collar de rompeportones y prenderlo con la colilla del cigarrillo para ver que onda, es plenamente responsables de eso. La gente que es boluda es boluda, con un petardo, manejando un moto o haciendo milanesas, y, se le da carnet a de conducir a personas que no necesariamente son prudentes a la hora de manejar y no existen ordenanzas sobre la manipulación de milanesas fritas.

C) La ordenanza también destaca la necesidad de “velar por la protección de animales y mascotas”, como si estas últimas no tuvieran dueño que se encarguen de hacer todo lo posible para minimizar ese impacto. ¿Y los perros callejeros? preguntarán, a lo que responderé que las aves silvestres también se pueden ver afectadas y parece que importan bien poco. El dato científico dice que los animales presentan una mayor sensibilidad auditiva que un ser humano. Lo que esos datos no especifican es cómo afecta esta hipersensibilidad y en qué casos puede resultar traumático. Hay perros que no le dan pelota a la pirotecnia y conozco varios casos. El lector me dirá que su perro sí sufre a lo que yo responderé que se encienden las luces de alarma por la mascota de cada uno y no por la generalidad. Y no es que uno no quiera a su perro o a su gato, pero no se puede considerar un motivo serio a tener en cuenta para suspender el uso de pirotecnia en el aniversario de la ciudad. 
Además, los chanchos también deben sufrir cuando los matan y no veo gente haciendo quilombo o pidiendo ordenanzas para que suspendan los asados que incluyan matambre de cerdo velando por el derecho porcino a no convertirse en almuerzo dominguero. Es una cuestión sentimental si se quiere, y no se puede legislar políticas de estado en función los sentimiento porque agarraramos el rumbo de los tomates de manera definitiva. 

El aspecto cultural
Les guste a quien le guste, los festejos pirotécnicos forman parte de nuestra herencia cultural. Leyendo varios comentarios que andaban dando vuelta en las redes sociales, muchos plantean que se trata de una tradición y que hay tradiciones que bien pueden ser cambiadas. Este aspecto es discutible desde el siguiente punto: la pirotecnia en los festejos patronales no sólo son un cuestión de tradición sino que forman parte de nuestra identidad como nogoyaenses, estemos de acuerdo con ello o no. No se puede explicar de otra manera que el se haya inmortalizado en el imaginario popular de la ciudad el personaje de Pasarini, el tirabombas; persona responsable de los estruendos en los días de novena y durantes el 16 de Julio. Quedó tan marcado en nuestra “inconsciente colectivo” que hasta tiene su propia canción y quedará para siempre como uno de los personajes “históricos” del pueblo; sin haber realizado ninguna proeza relevante más allá de tirar bombas durante el mes de Julio. No estaría mal buscar en los libros de historia y crónicas de época antes de ponerse a opinar en el aire. 
Es lógico y hasta saludable que se puedan cuestionar determinadas tradiciones, pero deben tenerse en cuenta la firmeza de los argumentos que llevan adelante esos cuestionamientos. A mi los corsos no me van ni me vienen, considero que es un gastadero de plata innecesario, sin contar los problemas de tránsito y ruidos molestos durante las noches de carnaval. Sin embargo esa apreciación particular y sesgada no me da argumentos fuertes como para cuestionar la realización de tales fiestas y la lista puede continuar. 
Mañana o la semana que viene un grupo de ecologistas trasnochados va a pedir la suspensión de los festejos de San Juan con el argumentando que la liberación de dióxido de carbono a la atmósfera favorece el calentamiento global y el cambio climático. Argumento que será acompañado por un grupo de señoras que se olvidan de bajar la ropa de la soga y les queda pasada a humo. Si nos ponemos a seguir los planteos delirantes de cada uno pidiendo legislación respaldatoria de cada cosa que se nos ocurre tendríamos una sociedad en la que vivir resulte un bastante inviable.

El aspecto de aplicación
Si nos circunscribimos a los festejos patronales, es bastante simple controlar que nadie tire bombas de estruendo durante la novena y el día patronal. Ahora bien ¿quién controla que esto no pase el resto del año? Sobran ejemplos que demuestran que durante los partidos de los equipos locales se tiran bombas de estruendo a cuatro manos y ni a las autoridades ni a los amigos de los canes sensibles al ruido parece moverle demasiado la aguja de la indignación, más allá de algunos casos aislados. También en cada cumpleaños de 15, por poner un ejemplo, se tiran esas bombas sin previo aviso y las 12 de la noche, reduciendo la posibilidad de tomar los recaudos necesarios ni amortiguar los posibles daños colaterales en personas y mascotas. La pregunta es porqué se prohíben durante los festejos patronales y no se controlan otros eventos. 

Por otro lado, las personas que viven cerca de los boliches bailables del pueblo tienen la fiesta en su habitación todos los sábados a la noche y a las autoridades locales parece importarles poco, más aún en los meses de verano, donde la fiesta se hace al aire libre. ¿Alguna vez se ha medido con instrumentos precisos a cuántos decibeles suena la música dentro de esos lugares? Porque si la música se escucha en mi pieza seguro la música está a más de los 65 decibeles que plantea esta ordenanza, por lo tanto, con el mismo argumento, o se baja o se suspende, cosa que nadie se anima a hacer porque sería una medida bastante impopular, lo mismo pasa con los ensayos de batucada los meses previos a la estudiantina.

En conclusión, la medida, a mi modesto entender es a las claras contraria a nuestra historia cultural y completamente arbitraria, ridícula y demagógica, movida más por cuestiones “sentimentales” y de impacto mediático que por argumentos sólidos que justifiquen tales decisiones. Sensiblería para la gilada.

Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

Dejá tu opinión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *