¿Como es la clausura del carmelo de Gualeguaychú?

La orden de las Hermanas Carmelitas, tiene otros conventos en la provincia, uno en Concordia y otro en Gualeguaychú. En este último, una periodista realizó una entrevista mano a mano con las hermanas, mate por medio, con anécdotas propias de la vida cotidiana. Las diferencias con el convento de Nogoyá.

La principal diferencia es la orden que siguen los conventos comparados. El de nuestra ciudad rige por la línea de 1990 con un régimen mas estricto, una clausura casi total y mas rigurosa en cuanto a penitencias, en cambio el de Gualeguaychú rige por la línea de 1991, que lleva un ritmo de vida mas aggionardo, tienen contacto con el mundo exterior. Ambas líneas fueron aprobadas por Juan Pablo II.

Los artículos publicados días atrás por el periodista Daniel Enz en Análisis sobre sucesos que habrían ocurrido en el convento carmelita de Nogoyá han disparado el asombro por un lado y una investigación judicial por otro. La provincia de Entre Ríos tiene otros dos conventos de carmelitas: hay uno en Concordia y otro en Gualeguaychú. La periodista Verónica Toller vive en esta última ciudad y se llegó hasta el Carmelo. En el presente artículo, plantea un diálogo con las monjas que resulta revelador de aspectos internos de la vida monástica. La periodista comparte en primera persona con el lector su filiación cristiana, la cual no le impide preguntar y ver.

Por Verónica Toller (*)

Cinco y 23 de la tarde. Tengo que apurarme. En 15 minutos más van a cerrar la puerta para pasar a uno de sus turnos de oración. Las conozco, pero hace años que no vengo por aquí. Quiero verlas de nuevo, observar sus caras, oír y medir sus voces, tasar sus reacciones, preguntarles. Mi amigo y colega Daniel Enz acaba de publicar una investigación sobre el Carmelo de Nogoyá que involucra cuestiones que él ha definido como torturas, desnutrición, abusos psicológicos y más. En mi ciudad hay un Carmelo. Necesito ver.

El paso rápido amaina apenas entro al jardín delantero. Dos conocidas (laicas) están saliendo del monasterio. «Cómo están las cosas», pregunto. «Como siempre. Es una alegría venir. Se las siente y ve felices, libres -me responden-. Se adivina a Dios que está con ellas». Disparamos dos frases del caso Nogoyá. «No sé qué pasará allá –responde una-. Acá, la semana pasada pude ver a Betty Bernay, amiga de hace mucho tiempo. Justo llegaba el albañil y nosotras habíamos traído donaciones. El hombre golpea la puerta y dice: ‘hermanas, abran, tengo que trabajar’. Una abre la puerta, y oh sorpresa, era Betty. Un alegrón. Rozagante y alegre como siempre».

Toco el timbre junto al «torno» (cilindro de madera que funciona al modo de las puertas giratorias de bancos o de hotel, con 4 divisiones verticales, pero mucho más pequeño que una de esas puertas, y que impide toda visión del interior). Mientras aguardo, me veo allí en otros tiempos, chica y luego adolescente, viniendo con mis padres y hermanos en Navidad a traerles alguna ricura («como tienen voto de probreza, pocas veces comen cosas especiales –decía mi madre-. Pero sus votos las obligan a aceptar la caridad. ¡Así que llevémoles helados, masas, tortas!»). Íbamos también a escucharlas; siempre me impresionó su don de consejo. Me veo luego estudiante universitaria, llegando a misa de 7 y media de la mañana con un grupete de 5 amigos y amigas, sólo por gusto, buscando una paz que no podíamos arañar en otro lado: el silencio, la claridad de luz que emanaba de ese momento de oración en la capilla del Carmelo era distinta a todo.

Veloz, me asaltó por algún recodo de la memoria la imagen de la Madre Maravillas de Jesús, monja carmelita española canonizada en 2001. Cubrí su caso como periodista para Clarín: el milagro confirmatorio de su estado de santidad junto a Dios ocurrió nada menos que en Nogoyá en 1998, con el pequeño Manuel Vilar, de un año y medio de edad, que se había ahogado en una pileta de la casa de sus tíos y volvió a la vida rato después, cuando la mamá de Manuel le pedía a la Madre Maravillas que intercediera por su niño ante Dios. Entrevisté entonces a médicos, monjas, testigos: el nene había muerto, literalmente, y volvió a la vida, sin lesiones internas, sin rastros, normal. Un milagro.

Y ahora estaba allí, en otro Carmelo, de nuevo buscando. Los artículos de Daniel hablan de dos ex monjas o novicias que refieren torturas en el convento de Nogoyá (uso de cilicios y disciplinamiento impuestos), ayunos que derivan en desnutrición, prohibición de tocar o abrazar, impedimiento para ser atendidas por médicos de inmediato, escondrijos para ir al hospital, prohibición de sacarse fotos para que no les hagan «brujerías», privación ilegítima de la libertad y otras crueldades, delitos, barbaridades. Todo lo cual investiga ahora la Justicia.

«Ave María Purísima». La fórmula de saludo conventual llegó desde el torno y me sacó de cavilaciones. «Hermana, necesito hablar ahora con la superiora y con dos o tres de ustedes. Ahora».

«Sí. Un momento», respondió la voz, que sonaba joven. Al ratito: «Tomá la llave y abrí la puerta», dijo. Eso hice: estaba entrando al locutorio, una habitación de dos partes, dividida al medio por una reja cuadriculada.

Estaban allí Lidia (la Priora, unos 65 años), Casilda (Subpriora o Primera Consejera, calculo que igual edad), Miriam (tal vez 40 años y con delantal de cocina bien largo), Liliana (anteojos, cachetitos rojos, otros 40). Cada una me fue saludando y tomando las dos manos bien fuerte a través de la reja. Por último, entra Betty Bernay, que venía saludarme; nos conocíamos antes de que ella entrara al monasterio. Me aprieta las manos («¡qué frías, hace frío!»).

«Vengo a hacer preguntas», aclaro. Aceptan. «Tenemos la Gracia de Dios que siempre está ayudándonos –responden-. Llevamos vida de familia en la comunidad».

La orden carmelita de mujeres fue fundada en 1400 y pico, y reformada en 1562 por Santa Teresa, mujer inteligente (hoy, nombrada Doctora en espiritualidad), ultra activa y llena de ansias por volver a la esencia de las enseñanzas cristianas, un tanto reblandecidas en aquella época (ah.., el mundo gira en ciclos y repite? repite?). El Concilio Vaticano II pidió a todas las órdenes y congregaciones abiertas o cerradas que revisaran sus constituciones con fidelidad a sus fundadores, pero a la luz del concilio, a ver si debían o no cambiar algo.

Finalmente, quedaron dos líneas: una más conservadora, cuya nueva constitución fue aprobada en 1990 por Juan Pablo II y que en Argentina cuenta con unos 10 conventos (el de Nogoyá es uno de ellos); esta línea decidió seguir más al pie de la letra la constitución de Santa Teresa de 1590. La otra, más aggiornada, cuenta con unos 20 conventos en el país y su constitución fue aprobada por el Papa en 1991. El de Gualeguaychú es de esta línea. Pero ambas versiones guardan el mismo espíritu de entrega y oración de la esencia carmelita. Su carisma es: orar, orar, hablar con Dios, orar, orar?; son la voz de todos los que callamos y olvidamos que Él siempre escucha.

«Acá entran jardinero, albañil, electricista, médicos? Todos. Y muchos nos saludan con un beso. Normal, normal. Claro que entran hombres al claustro cuando hace falta», responde la Priora Lidia.

¿Cilicios?
No se usan en este convento: «Y en los demás, son optativos. La que quiere hacerlo, lo hace. Nosotros no usamos. No es una regla. Incluso hay laicos que, si quieren, los usan», acota la hermana Liliana.

¿Y las penitencias, las «disciplinas»?
Penitencias, sí. Disciplinamiento, no. Al menos, en este convento. «Santa Teresa decía que más que «apretar» con el rigor de la penitencia, ella quería apretar en las virtudes. Era muy humana y muy ubicada –entra a tallar la hermana Casilda-. En vida, la buscaban para honrarla con grandezas porque ya era reconocida por su sabiduría y liderazgo, y ella se pasaba de sencilla y los dejaba asombrados por la naturalidad. No quería homenajes. Cuidaba a las personas. Una vez, fue a Sevilla donde la monja priora estaba haciendo penitencias y ayuno muy fuerte y estaba debilitada. La regañó. ‘¡No sea boba, m´hija!’ Así le dijo. ‘¡Coma carne!», cuenta Casilda. «La santa probaba ella misma las túnicas que iban a usar las hermanas para ver si realmente abrigaban. Si no, les ordenaba buscar telas más gruesas y les prohibía pasar frío».

(De nuevo, me sale al cruce la memoria. Tuve una amiga que alguna vez se planteó si tenía vocación religiosa. «Como a los 20 años –cuenta Ángeles M.-, me planteé una posible vocación. Recuerdo el consejo de la hermana Teresita, del Carmelo de Gualeguaychú, que me habló con gran cariño. La vocación verdadera es paz y alegría, me dijo. Por supuesto que conlleva renuncias y dificultades como cualquier vocación. Pero es una profunda alegría. Remarcó que no era necesario andar haciendo ciertos sacrificios como bañarse con agua fría para para hacer penitencia. Aún recuerdo su sonrisa y su dulzura al hablarme y la paz que me transmitió. De hecho, hoy estoy felizmente casada y con hijos y le agradezco enormemente sus palabras y sus consejos»).
Cuidado de la salud

Las carmelitas de Gualeguaychú van al oculista y al cardiólogo en auto, o a veces, el cardiólogo va al claustro. «El doctor Leonardo Kesselmann es un padre para nosotras. Es judío, y hay mucho respeto mutuo. Es nuestro gran amigo», dicen. «O vamos al hospital. El bioquímico siempre viene acá». La hermana Miriam tiene tratamiento crónico, así que va una vez por mes al Hospital Austral, en Pilar. La hermana Liliana estuvo internada un mes y medio en el Hospital Fernández por una infección ósea; Lidia, la superiora, iba a verla y se quedaba de lunes a viernes; sábado y domingo iban sus familiares. En el hospital porteño ellas se manejaban tranquilas con médicos y enfermeras y se cuidaban como familia.

«Y suerte que ahora te puedo narrar todo esto. La semana que viene tal vez ni hablo: me ponen los ganchitos de arriba», dice la hermana Betty Bernay mientras me muestra su ortodoncia de estéticos ganchos blancos colocada en la dentadura inferior.

«Contá, contale», dicen las otras a Casilda. Ella se ríe primero y luego habla. «Una vez, fuimos dos hermanas al otorrino, doctor Sobredo. Nos llevaba una señora amiga. Llegamos al consultorio, esperamos?; pasaba una secretaria?, volvía?, hasta que nos hace entrar. Vemos que no estaba Sobredo sino otro; sería un colega, pensamos. El médico me mira y, lentamente, dice: ‘Ok, qué siente, hermana’. Le digo: ‘me duele acá, y acá’, nariz, frente, seguro era sinusitis. El médico escuchaba. Entonces, toma la palabra: ‘Creo, hermana, que ustedes buscaban al doctor Sobredo’. ‘Sí’, dijimos. ‘Pero el doctor se trasladó a la cuadra siguiente. Ahora estoy yo acá, que soy ginecólogo’. ¡No sabés cómo nos reíamos! ¡El hombre nos miraba raro desde que entramos! ¡Salimos las dos del brazo dobladas de la risa!»

(1996. Mi madre, Miryan Serroels, llevaba en auto a Buenos Aires a la hermana Miriam y a la hermana Juana a tratarse de alergias con el médico y acupuntor, doctor Joaquín Masferrer. «Sé que en 2015 operaron a la hermana Miriam de la columna en el Hospital Austral», acota ella cuando le pregunto).

De drones y flores
La hermana Betty agrega la anécdota con junquillos. «Tiempo atrás, tenía que juntar junquillos y no alcanzaba sola. Así que le dije al jardinero que me ayudara. Fuimos al fondo del jardín a trabajar con eso. De pronto? un ruido, algo sobre nuestras cabezas? ¡un dron! Era del vecino, husmeando. Yo miraba arriba cada tanto? y seguía trabajando?, ja, no sé dónde estará esa foto o filmación ahora. Imaginen: ¡la carmelita con un hombre en el fondo del convento, juntando flores!»

Oración y recogimiento
La jornada en el convento comienza muy temprano. Para la hora en que yo iba a misa hace años, ellas ya han tenido tareas y encuentros de oración: su misión principal en la vida es hablar con Dios, pedir por el mundo, por las necesidades, interceder, cubrir el cupo de rezos (dicho de forma simple) que tantos otros no hacemos. Tienen 7 horarios en el día para oración comunitaria, y 2 horas de oración en silencio, personal. Cosen, cocinan, carpen jardín y huerta, trabajan en imágenes artesanales, atienden portería, teléfono? todo, en clima de recogimiento. «Hablamos lo necesario, pero no somos mudas obligadas. Es que si una quiere llevar una vida de oración, necesita el silencio, no sólo de boca sino de la cabeza», dice Lidia. «No te aplasta ni duele –agrega Liliana-; es un silencio que te habla».

Hay momentos de trabajo en equipo y dos horas de recreo donde cada una hace lo que gusta. «¡No sabés lo que es, mujeres que tienen dos horas para hablar! –bromean-. ¡Imaginate con lo de Nogoyá, lo que han sido nuestros recreos! ¡A full!»

(María Galeano vive en Concordia. «Recuerdo haber recibido en mi departamento de estudiante a carmelitas que viajaban a Buenos Aires por razones médicas. Les cociné. Charlamos mucho. Me impactó su alegría –dice-. El problema apareció cuando me pidieron un lugar para hacer oración. Mi departamento era un dos ambientes, así que sólo pude acercarles unas sillas y que rezaran allí. Me agradecieron, pero aclararon que ellas oraban de rodillas. Y así fue»).

Y computadoras
«Lo más importante que hacemos es rezar. Pero también estudiamos, y trabajamos en la computadora –dice Betty, mientras acerca termo y mate-. Cuando la trajeron, no sabíamos usarla. Veíamos en la pantalla unos ladrillos que iban y venían y estallaban? ¡y pensábamos ‘esto va a explotar’! ¡Susto total! Entonces, llamamos a Bernardo Guerberoff para que ayudara? Y vino: ¡era el salvapantallas! ¡Y nosotras no teníamos idea! Después de eso, nos dio clases y aprendimos».

(Busco a Guerberoff más tarde. Las recuerda claramente: «Estaban muy interesadas en aprender Corel para hacer tarjetas navideñas –dice-. Me recibían con tanta amabilidad, una alegría sencilla y sincera. Interesadas por todo e informadas»).

Casi las 7. Justo ahí, reacciono: a las 5 y 40 cerraban las puertas para oración. Les desordené el día y me disculpo. Ellas me regalan dulce de quinotos.

No quiero irme sin la última prueba. «¿Una foto todas juntas?». Sin problemas.

Llego al auto. Mensaje de wapp. Mi amiga Elena Gómez me envía reflexiones diarias desde Montevideo. ¿Casualidad o causalidad? «Lo que importa no es lo que se vea al exterior, sino la calidad de vida que le pongas por dentro –leo en la reflexión de Oscar Romano, cmf-. Porque es allí, adentro, donde se da la intimidad del encuentro con el Padre. Limosna, ayuno y oración, vividos con deseo de autenticidad, con delicadeza, en sencillez, en serenidad, pueden ayudarnos a entrar en íntima relación con Dios».

(*) Periodista entrerriana, trabaja en Clarín y da clases en universidades. Premio Nacional de Periodismo 2015 ADEPA categoría Derechos Humanos. Premio Internacional de Periodismo Rey De España/Don Quijote 2007. Dos veces finalista Premio a la Excelencia Periodística de la SIP.
Fuente: El Entre Ríos
Autor: Verónica Toller

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