Un sacerdote reflexiona y explica la vida de las carmelitas

La noticia sobre el allanamiento del Convento de las Carmelitas Descalzas en Nogoyá tuvo repercusiones en medios locales y nacionales generando una opinión pública que habla, considera y reflexiona sobre el tema.

El Padre Leandro Bonnin, desde las redes sociales, manifestó una opinión desde la caridad y con elementos de formación.

Todos nos sorprendimos por una noticia: el monasterio carmelita de Nogoyá fue allanado por la policía en horas de la madrugada.

Inmediatamente, muchos recordamos lo ocurrido en el monasterio de General Rodríguez, y su vinculación con escándalos económicos. Pero a medida que fue pasando el día, se supo que el motivo del allanamiento fue una denuncia periodística indicando que allí ocurrían “torturas”.

Como varios me preguntaron por privado o por whatsapp, comparto algunas reflexiones que creo pueden ayudar:
A modo de ítems se explayó dando las siguientes reflexiones:

1. La vida de las carmelitas descalzas y su vocación es para el “hombre de hoy” un verdadero misterio, que sólo con dificultad puede comprender. Lo es no sólo para quienes tal vez no practican la fe católica, sino incluso para creyentes fervorosos. Por lo tanto, todo desvelamiento de algunas costumbres carmelitanas es capaz de escandalizar al “ciudadano común”.

2. Dentro de la Orden Carmelita existen dos reglas vigentes, conocidas como la “Regla de 1990” y la “Regla de 1991”, siendo la primera más austera y fiel en los detalles a la regla de la Reforma que Santa Teresa hizo del Carmelo. Ambas están aprobadas por la Santa Sede y han demostrado ser eficaces para llevar a muchas almas a una verdadera santidad.

3. Entre los elementos más difíciles de comprender se encuentra la Clausura. Ésta significa que una religiosa, una vez que ingresa (sobre todo en los monasterios que asumen la regla de 1990), ya no vuelve a salir del mismo más que por grave situación de salud. Su comunicación con el mundo exterior es limitada, e incluso el contacto físico con sus familiares más cercanos es casi inexistente.

Las religiosas que ingresan al monasterio saben que será así su vida, ya que ellas mismas, al conocerlo durante el proceso de discernimiento, tienen esa relación con las religiosas. Esta clausura no significa que las hermanas están “privadas de la libertad”. En un convento donde todo funcione normalmente –según la regla- cualquier religiosa que desee abandonarlo puede hacerlo. No están retenidas por la fuerza, sino por su propia elección, sostenida en el tiempo.

4. Otro de los elementos difíciles de comprender es la austeridad de vida, manifestada, por ejemplo, en reiterados ayunos y en la práctica de algunas penitencias o mortificaciones corporales, como el cilicio o la flagelación.
Estas prácticas forman parte de la tradición espiritual de la Iglesia y más en concreto de la tradición espiritual carmelitana.

El fundamento bíblico puede encontrarse en el hecho de que Jesús mismo ayunó (Mt 4, 2) y entre las obras de piedad que reinterpreta dice a los discípulos: “cuando ustedes ayunen” (Mt 6, 16). En el libro de los Hechos se nos dice en algunas ocasiones que ellos ayunaban. En cuanto a las otras penitencias corporales y el sentido que pueden tener, el fundamento bíblico se encuentra en algunos textos de San Pablo, quien dice: “castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado” (1 Cor 9, 27) y también “Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1, 24)

Las hermanas que eligen ingresar y permanecer en el monasterio aceptan libremente ofrecer sus vidas en expiación por los pecados del mundo –además de los propios- y no sólo asumir los dolores de la vida, sino también buscar de modo voluntario el sufrimiento corporal, para más imitar al Salvador.

El uso de los elementos de penitencia ha sido común en la gran mayoría de los santos. Juan Pablo II, en su carta a los sacerdotes de 1986, habla de las penitencias voluntarias del Santo Cura de Ars, y afirma: “no se contentó con aceptar estas pruebas sin quejarse; salía al encuentro de la mortificación imponiéndose ayunos continuos, así como otras rigurosas maneras de «reducir su cuerpo a servidumbre», como dice San Pablo. Más, lo que hay que ver en estas formas de penitencia a las que, por desgracia, nuestro tiempo no está acostumbrado son sus motivaciones: el amor a Dios y la conversión de los pecadores. Así interpela a un hermano sacerdote desanimado: «Ha rezado . . . ha gemido . . . pero ¿ha ayunado, ha pasado noches en vela . . .?». Es la evocación de aquella admonición de Jesús a los Apóstoles: «Esta raza no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno»”

Lo mismo puede decirse de las Carmelitas.

En el uso de las penitencias corporales, hay un límite claro, y es el cuidado de la salud, sea mental, sea psicológica. No puede ser agradable a Dios una penitencia corporal que dañe la salud corporal, ya que forma parte del 5to mandamiento el deber de cuidarla. Y tampoco es saludable que alguien incurra en un sentimiento morboso, más afín al masoquismo que al amor a Jesucristo.

Las superioras deben velar para que las hermanas sean moderadas y evitar que en las religiosas se manifiesten desequilibrios psíquicos o emocionales.

5. Otro elemento difícil de comprender es el voto de obediencia, mediante el cual la religiosa hace ofrenda a Dios de su propia voluntad, renunciando a sí misma y disponiéndose a reconocer en la voz de su Superiora la voz de Jesús.
Este voto de obediencia forma parte esencial de la vida religiosa y es uno de los elementos más importantes en su espiritualidad, a imitación de la Obediencia de Cristo al Padre.

Lógicamente, la obediencia tiene sus límites. Nunca es lícito obedecer cuando lo que se manda es pecado y ofensa a Dios.  Y no es legítimo al superior transformar su autoridad en una manera de dominación o manipulación de la conciencia del otro.

6. En relación al caso concreto, es importante recordar la “presunción de inocencia”: toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

7. En la historia de la Iglesia han existido, probablemente existan y puedan seguir existiendo monasterios en las cuales algunos de estos elementos típicos de la vida carmelita no son bien vividos. Esto se debe, no a un defecto en la regla o a un vicio en la naturaleza misma de la vida religiosa, sino a las debilidades y pecados de las personas involucradas.

8. Si alguna superiora de algún convento abusa de su autoridad y no la ejerce dentro de los límites de la razón y de la regla, es bueno y saludable que la autoridad eclesiástica competente pueda intervenir.

Si la gravedad de esos abusos hiciera que el acto tome el carácter de delito –por ir contra una ley-, es bueno y saludable que intervenga la justicia, respetando en todos los procedimientos la normativa vigente y los derechos de todo ciudadano. La posible comisión de delitos no implica el avasallamiento de los derechos del acusado.

9. La Iglesia reza y trabaja a diario para que en sus miembros resplandezca, cada vez más, la santidad de su Cabeza y Fundador. La vida ejemplar de un inmenso número de hermanas carmelitas y su testimonio de alegría y normalidad no deben quedar empañados por el posible pecado o delito de algunas de ellas.

10. La Iglesia, y nadie más que ella, desea que los monasterios sean lugares de libertad, de alegría intensa, de oración fervorosa. La Iglesia desea y procura, además, que todas las personas que puedan haber sido heridas por el mal proceder de alguno de sus miembros, puedan encontrar sanación y paz.

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