Un vecino de Crucesitas Séptima atrapa yararás para extraer su veneno

Por más de 50 años capturaron víboras para producir suero antiofídico en el Instituto Malbrán, y más tarde en un serpentario de Misiones. Ahora, ante la falta de demanda de la toxina, los Pagnone analizan dejarlas en libertad.

La primera víbora que atrapé con la mano, la estrangulé de tanto apretarla. Es que cuando las agarrás te da la sensación de que se te está yendo de las manos», contó Edgardo Pagnone, docente jubilado que vive, junto a su familia, en la zona rural de Crucesitas Séptima, en el Departamento Nogoyá.

Fue en 1965 cuando don Edgardo comenzó a capturar yararás y víboras del coral que luego eran utilizadas para la elaboración de suero antiofídico. Primero, y por un gran lapso de tiempo, los animales fueron trasladados al instituto nacional de salud Doctor Carlos Malbrán hasta que la familia recibió una notificación en la que indicaban que no necesitaban más la ponzoña.

Entonces los contactaron desde un serpentario de Roca Chica (Misiones) pero, por diversas cuestiones, este último destino también interrumpió la elaboración de suero antiofídico. La realidad es que hoy, de no aparecer una entidad que requiera las serpientes, el docente jubilado dejará libres las que ya tiene y no volverá a retenerlas con este altruista fin de colaborar para salvar vidas.

Es difícil llegar a la casa de los Pagnone. Se deben recorrer largos kilómetros de ripio, otros de tierra, caminos sinuosos, pocas viviendas, la mayoría de las familias dedicadas a la agricultura, ganadería y lechería. 

La vivienda familiar queda detrás de la escuela Primaria Nº 26 Amelia Fernández de López, más conocida como la escuela de Pagnone, por el lugar y porque el hijo mayor de Edgardo, Adolfo, representa la tercera generación al mando de la institución educativa. Primero fue su abuela y el segundo director y docente fue su padre.

Cuentan que en tiempos lluviosos, como en los últimos días, prácticamente pasan aislados una semana o más, hasta que los caminos comienzan a ser transitables. Como muchas casas de campo, tienen huerta, recolectan miel de cardo o de monte, carnean animales, hacen dulces y distintos alimentos.

Al lado de la galería hay un piletón grande de cemento y, en un tacho bajo el fresco de los árboles hay dos yararás que Edgardo cazó hace dos meses en el fondo del campo.

Por ser una zona muy poco habitada y rodeada de montes, los lugareños conviven con estos reptiles. Muchos los matan, otros los acorralan y llaman a los Pagnone para que los busquen. «Nosotros no les sacamos la ponzoña. Solo las capturamos, las alimentamos con lauchas, les damos agua, las curamos con agua oxigenada y una crema cuando se lastiman y las cuidamos hasta tanto podemos enviarlas al serpentario», contó Pagnone.

Una vez allí, las víboras son mantenidas en cautiverio y se les hacen extracciones del veneno, hasta que vuelven a generarlo a los 20 días, aproximadamente.

Antes de casarse, don Pagnone construyó la que es hoy su casa en donde solo había una tapera. «Había muchas víboras yararás y algunas del coral, las más venenosas. La gente tiene la idea de que al matarlas se termina el peligro, pero no es así. Si las eliminamos, ¿de dónde saldrá el suero sanador?», dijo.

Dos personas lo antecedieron en su actividad. Don Amílcar Zapata y una señora de apellido Collazo. Cuando ellos dejaron de capturar serpientes para enviarlas al Malbrán, «él tomó la posta». Los tres eran docentes, y cada cual en su época inculcó a los chicos de la zona (y a través de ellos, a sus familias) sobre la importancia de elaborar el suero antiofídico.

¿COMO LAS ATRAPAN?
No hace falta mucha ciencia, más que nada valor, cuidado y buen tino. Para atrapar a las serpientes utilizan una horqueta, un palo con el cual inmovilizarle la cabeza, o la mano; y de ahí a una bolsa. Hay que tener práctica para no herirlas porque tienen una piel sensible.

«La víbora de por sí no es agresiva, ataca cuando tiene hambre o bien se siente invadida «, señaló. Incluso aseguró que advierten a la víctima sobre su ataque con un ruido, semejante a un zumbido, hecho con la cola. Contó además que estos animales viven hasta 30 años. En promedio, una yarará puede alcanzar el metro cuarenta. «En estos lugares en donde nadie las molesta han llegado al metro noventa, y es que nunca deja de crecer», explicó el cazador de serpientes.

La yarará es, como todos los reptiles, poiquilotermia, o sea de temperatura variable, dependiente del ambiente. Por sus hábitos crepusculares y nocturnos evita los rigores del sol. Durante el día permanece oculta en refugios naturales, debajo de piedras, en huecos y hendiduras. En algunas zonas templadas, donde el invierno es bastante riguroso, recurre a la hibernación.

Las hembras paren en promedio entre 18 y 22 viboreznos o «pichones». La hembra yarará es más larga, el macho más grueso. No comparten su presa y no comen un animal que no hayan matado ellas mismas. «La víbora debe matar la presa que va a comer. Hace unos días teníamos varias y las queríamos apartar para que coman. Había tres que se peleaban por una laucha y la alcanzaron a morder dos o tres, todas se consideraban dueñas de la presa. Pero quien la mata no convida, si los otros reptiles no participaron en la captura y muerte de la presa, no la tocan», relató.

Estas víboras no saben medir el tamaño de las presas y cuando tienen hambre pueden llegar a morder a más de un animal y no lograr alimentarse, por el tamaño de su víctima.

La época de celo de la víbora es mayo, y Pagnone asegura que es un mito eso de que andan de a dos.

Anécdotas para contar
Los hijos de Edgardo, Adolfo y Adrián, formaron sus respectivas familias en el mismo terreno de su casa paterna. Adolfo es personal único en la escuela lindera y Adrián sigue los pasos de su padre en el trabajo rural.

ANÉCDOTAS 
La labor solidaria le brindó a don Pagnone muchas anécdotas, de las cuales rescató dos.

Una vez una yarará le dejó un «arañazo». Recorrían un sandial que estaba siendo malogrado por las hormigas, él estaba en cuclillas y de pronto le saltó el animal «de la nada». «La molesté cuando movía las ramas. Le pegué un manotazo y ahí fue cuando me rozó». No le dio mucha importancia, pero al día siguiente tenía la zona con ronchas de agua y en tono rojizo.

«Otro día manejaba solo la camioneta y encontré una. No tenía dónde tenerla, entonces con una mano manejaba la Chevrolet, y con la otra sostenía colgada la víbora fuera del vehículo. Así llegué a mi casa. Los vecinos me miraban atónitos», contó.

Recalcó que estos animales se comunican entre sí. «En una oportunidad, cuando vendía leña, le llevé en un viaje maderas a un hombre de Seguí. Al tiempo me contaron que en esa leña había ido un ejemplar que se les metió en un piso de madera. Un año la escucharon moverse, hacer ruidos y silbar. El dueño del lugar había pedido que se levanten todas las maderas del piso para poder localizarla, pero entonces se me ocurrió llevar una de las víboras que tenía acá para ver si la orientaba. Comenzaron a silbar y a comunicarse. A la siesta de ese mismo día, el bicho ya estaba afuera», contó.

Dejá tu opinión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.